Hablamos mucho de algoritmos, pero la inteligencia artificial es, sobre todo, un problema de infraestructura. Según el último informe de la Agencia Internacional de la Energía (IEA), el consumo eléctrico de los centros de datos se disparó un 17% en 2025, y el de aquellos dedicados específicamente a IA creció un 50% en el mismo periodo. La proyección para 2030 es aún más contundente: de 485 TWh a 950 TWh a nivel global, casi el doble en cinco años. Solo cinco grandes tecnológicas invirtieron más de 400.000 millones de dólares en 2025, una cifra que ya supera la inversión global en producción de petróleo y gas.
Este dato no es anecdótico para el sector industrial: significa que la IA se ha convertido, de facto, en un consumidor industrial de primer orden, con las mismas exigencias de red, potencia y planificación que una acería o una planta química.